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Los ecos y sus voces
He rastreado, desde sus orígenes, con lancinante empeño, este misterioso impulso, este fascinante credo que sostiene la memoria, forja el hoy e impele el futuro. Una poderosa intuición humanista alimenta el ánimo y genera todos los procesos. No hay más que evocar en un precioso y necesario instante la apología apasionada del ser humano cuya enseña enarbola el Ateneo de Córdoba. Instituciones hay que, a fuerza de recursos, exhiben las más sorprendentes exposiciones, conciertan las ovaciones más sonadas, anuncian clamorosamente el acotado cerco de los eventos culturales. Y así argumentan o pretenden justificar un presupuesto comparativamente escaso y ese salario mínimo debido a la desvalida y proverbial cultura. Porque es bien conocido el deslumbramiento que provoca en la sensibilidad de los ciudadanos toda campaña a favor de nuestros monumentos, del arte y del folclore, del tesoro caudal de la literatura. Cuando los años pasan, estos hechos permanecen como hitos históricos frente a la dramática erosión de la existencia diaria, a la que damos importancia exigua. El tiempo ajusta en su lugar preciso todos los encajes del complejo puzzle que habitamos y deja en nuestros ojos esa inefable sensación de haber vivido acordes a nuestro criterio, sin más sometimiento que el aceptado por la ley natural de la convivencia, por el respeto a las legítimas libertades.
Quien posee la imaginación y el deseo solo de atender las necesidades del espíritu está presto a escuchar siempre, a ofrecer sin límites, a recibir sin exenciones. No manifiesta temor alguno. Es ágil su voluntad y elocuente su esfuerzo. Todo cuanto toca lo convierte en auténtico, en privilegiado, en sublime. Porque no debemos equivocarnos eternamente, potenciando sin crítica los valores tradicionales o fundiendo en piedra las vanguardias más innovadoras. Si somos capaces de reflexionar con coherencia, observaremos cómo unos y otras aspiran a la conquista del aire, de nuestro aire, de ese elemento vital sin cuyo aliento sólo es posible la oscuridad, la nada.
La historia crea un espacio de análisis al que sólo los ciegos o los necios recusan. A la razón del trabajo y el cotidiano caminar nos referimos. Son humildes pero inapagables los ecos que se expanden con la fortaleza de las voces. Ecos como el eco que concita en cada nueva concertación jubilosa de las Fiambreras de Plata y en el marco incomparable de las Bodegas Campos, anfitrión más que egregio; eco que nos brinda la ocasión y el lugar para un homenaje cálido a este afirmativo universo de la naturaleza humana, sometida a la sinrazón de constrictores dominios, que se yergue vigorosamente más allá incluso de sus limitables energías. La filosofía, la hospitalidad, la justicia, el sindicalismo, el patrimonio, las artes, el altruismo, la paz, la generosidad y la defensa desde cualquier proclama de los derechos naturales de la persona han sido reconocidos y festejados por esta institución pequeña pero nunca acallada, dialogante pero no conformista, sencilla, pero no por ello verdaderamente valiosa. Nada nos ata, nada nos retiene, nadie nos obliga a permanecer donde estamos: sólo el vínculo emulable y consciente de nuestra responsabilidad como seres humanos frente a la imagen de inmutable tragedia que pretenden mostrarnos del mundo.