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Ibn Suhayd

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Sino trágico el del genial Abū 'Āmir ibn Šuhayd, desde el momento mismo de su nacimiento en Córdoba, el 992, cuando el Califato alcanzaba su máximo esplendor, hasta su misma muerte, a los 43 años de edad, en 1035, al tiempo que el imperio cordobés iniciaba, no ya su decadencia, sino su disolución.

De familia aristocrática, "quintaesencia de la nobleza", goza, niño prodigio, de refinada educación, pero una sordera congénita, -continúa su fatal astro- le impediría ostentar el cargo con el que siempre soñó: la Secretaría de Estado, en cuyo exigente protocolo un solecismo oral o escrito podía ser causa de destitución.

En plena madurez creativa, cuando iba logrando sus más perfectos poemas, -se cierra el sino adverso- un ataque cerebral, repetido, puso fin a la vida de este, por muchos motivos, Baudelaire andaluz.

Pródigo hasta la pobreza, holgazán impenitente, libertino, curioso de gentes y de saberes, profundo intelectual, adquirió pronto un gran prestigio social con sus versos y sus personalísimos juicios sobre cuestiones literarias. Solía sentarse, junto a la puerta principal de la Gran Mezquita, a conversar con sus amigos, entre los que destacó siempre Ibn Hazm, el polígrafo eminente, autor del portentoso Collar de la paloma. Frecuentó Ibn Suhayd, según parece, a los judíos y a los mozárabes, y hasta llegó a presenciar la ceremonia de una misa que nos dejó descrita. Odiaba sólo la pedantería y la ostentación.

Ibn Suhayd, al decir de su benemérito traductor señor Dickie, "se esforzó en crear una literatura que sería andaluza en su esencia y no sólo en el sentido geográfico, y de esta forma hubo de rechazar modas literarias importadas de Bagdad". A su vez, García Gómez nos lo presenta así: "Ibn Suhayd, poeta y crítico, es el puro intelectual que, por su rango, no hace de las letras oficio, sino ministerio. Su poesía -resume- tiene a veces misteriosas resonancias modernas".

Acorde con su repulsa a cualquier tipo de exhibición, Ibn Suhayd pidió que sus exequias estuvieran presididas por la austeridad. Sólo en eso tuvo suerte, pero ya muerto. Sus exequias revistieron la fastuosidad de unas exequias reales. Fue enterrado en un jardín, situado en las proximidades de lo que hoy se conoce como el Campo de la Merced en Córdoba. Y allí, pues quiso el poeta que nada, -piedra o madera- lo separase de la tierra, "se pudrió entre las flores".

Las eficaces versiones de James Dickie, sobre las que se conforma esta breve selección en Cuadernos de Ulía, fueron publicadas, en extenso volumen bilingüe (James Dickie, El diván de Ibn Suhayd al-andalusí, Córdoba, 1975), por la Real Academia de Córdoba, bajo los auspicios de su Instituto de Estudios Califales, alma y empeño de D. Rafael Castejón, indiscutible prócer de la cultura cordobesa contemporánea. Mariano Roldán.